26/12/08

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Desperté esa mañana con el mismo deseo imposible de todas las mañanas.
     Me apresuré a salir de casa, ni siquiera desayuné bien.
     Llegué ante la estatua, estiré mis brazos, cerré mis ojos pero obtuve la misma respuesta de siempre: Nada.
     ― Venus de Milo, sólo tengo tus abrazos (gracias por ellos).―

  

Cierto día, el hombre que hablaba con sus cortinas quedó afónico. Él culpaba a las botellas de tequila, las cajetillas de cigarros y las canciones de José Alfredo que la noche anterior fumó, cantó y tomó (en estricto desorden). Así que, imposibilitado de contar sus aventuras esa tarde, permaneció sentado frente a sus cortinas. Creía sentirse igual que una guitarra sin cuerdas o una pluma sin tinta, sin embargo sólo era un hombre que hablaba con sus cortinas al cual la voz se le había fugado.
     Sentado frente a sus cortinas comenzó a buscar palabras entre el humo de cigarro, que habitualmente inundaba la habitación: “tristeza”, “lágrimas”, “frío”… era todo lo que le susurraba aire aquella tarde, esa tarde en que aquel hombre quedó afónico.
     El hombre comenzó a sentirse asfixiado dentro de todo ese silencio, lo sentía pegarse a su piel, a su cuerpo. Lo respiraba, lo bebía, lo sentía correr por su sangre cada vez que su fatigado corazón hacía su trabajo. Él intentó gritar, intentó golpear algo, pero el silencio era tan denso, tan pesado y tan inteligente que no lo dejó moverse.
     El hombre afónico no sabía que hacer, nada podía hacer. Estaba preso dentro de su casa, dentro de su recámara, dentro de sí mismo sin poder moverse, sin poder respirar, sin poder hablar con sus cortinas.

     Las cortinas, que todo habían presenciado, querían ayudar a aquel que les había dado vida, aquel por quien conocían el mundo externo. Sin embargo estaban ahí, quietas, sin saber que hacer. Buscaban palabras en su memoria, palabras bellas para intentar herir al silencio. Estaban desesperadas pero deseosas de realizar alguna acción, algún movimiento propio.
     Casi sin querer, casi imperceptiblemente comenzó a llegar hasta ellas una tenue melodía muy suave y las recorrió de punta a punta, intentó darles alguna idea con la cual liberar a quien les otorgó un poco de vida; pero sucedió que una de ellas, justo la del lado izquierdo, enclaustrada en su desesperación no pudo escuchar lo que la música les susurraba y se desprendió de sus ataduras; cayó suavemente, intentando cubrir con su cuerpo al enemigo invisible, buscando la manera de obstruir su visión para liberar al hombre afónico.

     Pero el silencio que estaba en todo no permitió que la cortina lo tocara. Dio con ella en el suelo y con sus miles de pies la pisó, la aplastó, la pateó hasta cansarse.

     La cortina en el suelo intentaba llorar, intentaba gritar, pero ya era presa también del silencio, permanecía ahí, inmóvil, herida, agonizante.

     El hombre veía todo y se lamentaba por no poder hacer algo para ayudar a la cortina. Se lamentaba por no poder ayudarse a sí mismo. Se lamentaba porque justo esa tarde tenía la mejor historia, contaría a las cortinas lo que pudo ver, sentir y tocar durante su último viaje.

     La otra cortina, que aún colgaba de la ventana, escuchaba atentamente la melodía que seguía escurriendo por el vidrio, susurrándole un plan al oído. La cortina veía atentamente lo que sucedía, pero no lograba entender la manera de vencer al silencio; así que reunió sus fuerzas y ayudado por la melodía logró gritar “Ando volando bajo, nomás porque no me quieres”. Misteriosa o milagrosamente, el silencio adelgazó, con un ademán claro de debilitamiento, dejó de pisotear a la cortina vencida.
     La cortina cantante comenzó a buscar más: “Estoy en el rincón de una cantina…”, “Acaba de una vez, de un solo golpe…” La cortina, orgullosa de su buena memoria siguió cantando versos de José Alfredo; no recordaba una canción completa, pero sabía lo que estaba provocando y lo que estaba logrando, así que cantó y cantó.

     El silencio intentó tapar sus oídos, intentó escapar, pero estaba atrapado dentro de la recámara; tan atrapado como el hombre, como el humo, como las cortinas y, ahora, como las canciones de José Alfredo. El silencio no pudo más, explotó…
     El hombre, liberado, levantó a la cortina que seguía tirada en el suelo y la regresó a su lugar. Se sentó aquella tarde frente a sus cortinas, a las que por años les había contado sus más increíbles historias, pero aquella tarde no podía hacerlo; así que permaneció ahí sentado, sin voz, con una inmensa tristeza y el deseo de contar aquella tarde el suceso más extraordinario que le había ocurrido.

     Las cortinas sintieron la tristeza del hombre, intentaron enjugar sus lágrimas, pero sabían que tenían que hacer más que eso. Así que casi al mismo tiempo se movieron, perfectamente coordinadas como si fueran dos extremidades de un cuerpo gigante, una tomó un cuaderno y otra una pluma y comenzaron a escribir esta historia, la cual titularon:

     DE LA ENVIDIA DEL SILENCIO

     Al menos es lo que nos contaron nuestros abuelos. También cuentan que el hombre se marchó sin avisar, vinieron otros hombres por él, se lo llevaron en una caja de madera. El texto escrito por los abuelos desapareció tiempo después, suerte que la memoria de una cortina es infinita. Nosotros, pendientes de las ventanas, tenemos la esperanza de que algún día el hombre encuentre su voz y regrese a contarnos sus historias.

Pacto de amor

Es de noche y no hay luz en la casa, acaricio tu mano, siempre más fría que la mía. No lo sabes, pero estoy intentando escribirte un poema, recrearte en él, pero las palabras no me ayudan. Sigo acariciando tu mano, intento recordar un momento feliz. Quizá fue el día en que cumplimos 3 años de novios, cuando no éramos más que un par de adolescentes que se amaban con un fuego fulminante, cuando te dije que te comería a besos.
     Es de noche, regresó la luz. Devuelvo rápidamente tu mano al refri y lo cierro. No quiero que el recibo llegue muy caro.

20/12/08

Ser esa.

(I)

Al menos decirte “hola”
y en ocasiones intercambiar un “cómo te va”
sacarle la lengua a mi cobardía.

Sé que sería ridículo decirte siempre “hola”
quizá tienes, también, la mala costumbre de
de portar un nombre.

Nombre de mis sueños,
de mi poesía inexistente,
de mi angustia,
de la mitad de mi media noche.


(II)

No eres tú
ni la perfección de tus labios,
tu cuerpo, toda tú.

No es la penumbra en tu cabello
ni la noche enclaustrada
en el abismo de tus ojos

lo que genera mi deseo.
No son las noches que sin saber
pasas y paseas conmigo.

Sino la imagen de ti
que yo mismo me hice
y creo que me acompaña,

que creo que me quiere,
que creo que me busca,
que creo que he creado…


(III)

Esquivas mi mirada
cuando insistentemente
te busco en mi presente,
en la hora más deseada.

Tu imagen ensombrece
las desdichas añejas
y en tu sombra reflejas
mi deseo que crece.

Imagen adorada,
necesito saberte
de mí enamorada.

Mas no puedo tocarte
pues estas protegida
por mis ganas de amarte.

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