Ya me acostumbré a tu misterio,
a tu infantil fantasía de beber mi sangre,
a verte masticando mi existencia
y sonreír, como si nada pasara.
Ya me acostumbré a tu maldad,
a tener que cumplir día a día tus caprichos,
a sentarme y sentirte destrozando,
acribillando con tu ausencia mi existencia.
Ya me acostumbre a tu maldad,
a tu empeño por aniquilarme,
a tropezar siempre con la misma piedra,
y terminar, desangrado, en medio de tus vías.
Ya me acostumbre a tu ausencia,
al vacío que imprimes con tus besos
a tener que suplirte con otras caricias,
otros cuerpos y otra sangre.
Pero a lo que no me acostumbro
es al deseo que en mí generaste,
a la adicción nocturna de tus caricias,
tus palabras rugiendo en mi oído,
la sed, que tus salados besos despiertan en mi alma,
a la vida que me has dejado como castigo.
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